La nueva vieja Europa. Noviembre 2011

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No cabe la menor duda, que como es costumbre, coincidiendo con el primer tercio de un nuevo siglo, estamos cerrando un ciclo. Ciclo apasionante para los que tenemos el privilegio de vivirlo. En esta etapa en Occidente, por una parte, hemos desarrollado y hemos implantado en el Mundo un sistema que podríamos llamar Economicista Especulativo y Global; y paralelamente, por otra parte, como consecuencia de esa concepción, hemos sufrido en Europa una profunda y extensa crisis conceptual.

No cabe la menor duda, que todos los proyectos terminan o por dejadez o por los excesos cometidos. La Europa del Euro, tal como ha sido administrada, está al límite de sus posibilidades como proyecto, por haber abrazado el Neoliberalismo mal entendido, depredador, exultante y predominante. Triunfante como consecuencia de la derrota del socialismo clásico europeo, por otros llamado comunismo y la pérdida de la gran influencia social que antaño tenía el Cristianismo formal y oficial representado por sus distintas iglesias. En esta situación pocas o ninguna voluntad de tomar medidas se tenía ante la formula de obtener los máximos beneficios, de la manera más rápida posible, sin generar riqueza, si acaso consumiendo la existente. Ello ha sido posible gracias a que nos hemos quedarnos sin referencias éticas, incluso llegándose a considerar que no era procedente el tenerlas, ni políticamente correcto incluso el que fueran objeto de debate. Matamos a Dios, es decir a la moral, ahora hemos matado a la Ética.

Por otro lado actualmente la influencia que tiene la sicología (inteligencia emocional, etc.) en los individuos, las sociedades y los centros de poder, no puede compararse, en ningún sentido, con la influencia de la Filosofía (por ejemplo en la Grecia Clásica) y muchísimo menos con la de las religiones. Hemos intentado matar, no se si conscientemente o inconscientemente, cualquier influencia que nazca, se genere, elabore o re- elabore desde dentro de uno mismo. Hemos dotado al Sistema de un control exhaustivo del  individuo mediante la generación de un sinfín de normas organicistas dirigidas más a su control que a su “salvación” (a Moisés le bastaron diez).

No cabe duda, sin omitir los grandísimos esfuerzos realizados por la Unión Europea, que esta, hasta hoy no ha podido más que ser una máquina burocrática productora de Directivas con incidencia en el día a día de la actividad y devenir de los Estados miembros y sus ciudadanos dentro de sus competencias y en la medida de sus posibilidades, que no son pocas. Pero sus Directivas y financiaciones se han encontrado por un lado, con que han sido utilizadas muchas veces para lo contrario de lo querido y pretendido; y por otro lado, con que los Estados miembros carecen entre ellos de la confianza previa necesaria para que prenda el “sentimiento” europeo. Desconfianza debida  a intereses muy imbricados dentro de sus propias historias y en la propia Europa clásica de las Naciones.

No cabe duda que, aunque se han producido avances muy significativos, estamos todavía distantes de alcanzar los objetivos propios de la Europa de los Ciudadanos y ello impide que podamos afrontar nuestras preocupaciones inmediatas y graves no sólo internas, sino  externas, fundamentalmente planteadas por los “Mercados”, no sólo desde una perspectiva y mediante acciones economicistas, necesarias, sino con toda la fuerza y valor añadido que significa poder hacer propuestas de futuro a nosotros mismos y a la sociedad internacional desde una posición conceptual creíble y creída por toda Europa. Pero matamos a los intelectuales.

Desde la Grecia Clásica hasta Roma, desde el nacimiento del Cristianismo hasta la Revolución Francesa, desde la Primera Guerra Mundial hasta la Segunda Guerra Mundial, desde la caída del Muro de Berlín hasta la actual crisis, por no salir del ámbito europeo, la concepción filosófica, social y por tanto económica de Europa no ha dejado de construirse en una permanente ebullición de intereses conceptuales y económicos contra opuestos. Nunca hemos conseguido hacer la correspondiente síntesis. Tal vez porque nuestra vida transcurre demasiado aceleradamente. No gestionamos bien los tiempos.

No cabe la menor duda, que esta joven Europa, nacida de la Vieja Europa, puede salir más madura, más equilibrada y fortalecida de esta crisis si sabe aprovecharla como experiencia, corrigiendo sus excesos de confianza creada por el fluir fácil del dinero ante cualquier requerimiento de financiación; y haciendo un análisis exacto de su propia realidad y de la realidad del Mundo.

No cabe la menor duda, que así conseguiremos una Europa del Ciudadano coherente, equilibrada, sólida y respetada. Pero para ello tenemos que ser conscientes de que el empeño por liberarnos de lo irracional y el sano empeño por controlar y cuidar nuestro propio “nos” e individualismo, nos ha llevado a cometer graves excesos en contra de cada uno de nosotros, como seres hasta hoy siempre inacabados, como proyectos de LIBERTAD.

Precisamente en nombre de la Libertad, en nombre del individuo, se ha llegado a prescindir de las más elementales reglas éticas, que nacen de la interpretación de nuestra genética y sentimientos más profundos, y que ponen coto a nuestras tendencias autodestructivas.

No cabe la menor duda, que nosotros, el individuo, cada uno de los seres humanos de este planeta, cada ciudadano, hasta hoy, no es dueño de los Estados y de las Administraciones públicas, sino que es servidor, cuando no literalmente esclavo de ellos. Siempre hemos estado en manos de quienes por sus excesos han hecho fracasar el Triunfo del Hombre. Y siempre, además, para mayor escarnio, en nombre del Hombre.

No cabe la menor duda que es necesario recobrar el sentimiento, las ideas, el sentido ético, incluso filosófico, es decir ontológico de nosotros mismos y trasladarlo a las leyes.

No cabe la menor duda que para ello tienen que renacer las universidades. Recobrarlas en su sentido clásico de estudio libre, de análisis crítico. Sin condicionamientos, ni ataduras. Los movimientos que se empiezan a detectar en universidades como Harvard son  llamadas de atención esperanzadoras. Los movimientos sociales como el 15M, sin futuro alguno, indudablemente sirven por lo menos como eficacísimos señales de alarma y como llamadas de nuestras conciencias a nuestras conciencias.

No cabe la menor duda que vamos a correr un grave peligro. Puede que el movimiento pendular nos lleve, por interés de algunos y por irresponsabilidad de otros, a refugiarnos en “las cavernas”. Los juristas y no sólo nosotros, cada uno desde nuestro ámbito de actuación, tenemos una labor primordial que desempeñar que no debe quedar en la mera retórica vacía de contenido a la que somos tan propensos y tanto daño hacemos con ello a la sociedad. Debemos de tener muy claros los principios que deben de imperar en todo Estado de Derecho, vivirlos y defenderlos en cualquier foro.

No cabe duda que puede que nos encontremos ante un: “que cambie todo, para que no cambie nada”.  Pero ahí, nuevamente, el mundo del Derecho tiene una grandísima y ardua labor que realizar y una responsabilidad, tanto en el ámbito legislativo, como judicial, como en el del asesoramiento o en el fedatario.

En los próximos meses comprobaremos hacia donde vamos según las leyes que se vallan dictando por los países europeos, por la Unión en Europa y en  general por los tratados y pactos internacionales que se vallan produciendo.

 

Joaquín Mompó Buchón

-Presidente -